Con las MARINAS iniciamos las series de pintura clásica, rebajando las expectativas anteriores de la fantasía personal  y ciñéndonos a lo que nos ofrece la realidad, de una manera u otra.

Confieso que para mí, pintar marinas siempre ha sido un tema recurrente,  en esos momentos en que uno tiene ganas de pintar pero no sabe qué.  Y  también una forma de relajarme, como si fuera algo fácil , por conocido y próximo.  Y sin embargo tiene sus dificultades.  Al natural, pocas cosas son tan cambiantes como el agua del mar, entre un instante y el siguiente. Y de ahí que aunque se trate de algo presuntamente “real”,  siempre te deja huecos que cubrir con la improvisación y el poder darle la vuelta,  a lo que pudo empezar en calma y acaba en oleaje.

Luego están las rocas,  que siempre ofrecen otros aderezos imaginativos,  más allá de lo que se ve a primera vista y que en algunas muestras de lo aquí  representado también tienen cabida.

También el cielo es siempre una fuente de múltiples variaciones, donde cualquiera es válida y ninguna perfecta.

En su conjunto,  veréis que suelo decantarme por  representaciones de fragmentos, de rincones,  de trozos escogidos en los que a veces convergen los tres elementos citados y que con eso me parece suficiente.

Y cómo no, alguna barca de vez en cuando, pero siempre en representación de la soledad, mientras que están ausentes quienes las usan para faenar, porque son barcas de pesca en horas de descanso.

Como excepciones a mis costumbres, una panorámica de L’ametlla de mar en Tarragona , el Faro de San Vicente en aguas portuguesas, o el Castillo de Tamarit – también en Tarragona –