De Don Quijote y Sancho Panza, poco podría aportar yo que no se haya dicho, escrito, pintado, comentado y mostrado, en infinitas versiones a lo largo y ancho de este mundo. Pero con todo y con eso, poner de mi parte otro granito de arena , aunque solo fuera uno, me pareció bien en su momento.

Y de esa forma, pinté mi primer cuadro sobre ellos sin ánimo de continuidad, aunque he de decir que desde entonces, la persona más cercana a mí y cuyas opiniones suelo tener muy en cuenta, no paraba de repetirme que le gustaba mucho y que tenía que pintar otro.

Enfrascado en otros temas, debieron pasar algunos meses hasta que me decidí a pintar el segundo, un día en que no sabía qué pintar, a ver si así mataba dos pájaros de un tiro.

Cuando me sorprendí a mí mismo comenzando el tercero, me di cuenta de que la nueva serie estaba ahí pidiéndome la vez directamente. Saltándose la cola de otros asuntos pendientes, con tanto descaro como desparpajo en sus artimañas de convencimiento, hasta el punto de que tuve que rendirme a la evidencia de aceptar las cosas tal como venían.

Al menos una cosa tuve clara, en lo referente a qué era lo que quería destacar entre una obra y la siguiente, para que siendo casi idénticas simbólicamente, algo tuvieran de distinto.

En cuanto a mi egoísmo personal de trabajar divirtiéndome, eso al menos lo logré con creces. Y lo más entrañable de todo, es el cariño que uno acaba por cogerle a semejantes personajes, cuando posan para ti sin rechistar ni mover un músculo, en una demostración de infinita generosidad.